La
palabra carnaval proviene del italiano carnavale, y ésta
del latín carnelevare, asociada al comienzo del ayuno
de Cuaresma (llevare = quitare). A través de la historia
ha ido unificando un conjunto muy vasto y heterogéneo
de formas festivas y regocijo de orden muy diverso. A pesar
de que estas formas han ido perdiendo su esencia o su razón
histórica fundamental, han legado al carnaval sus elementos
más representativos como ritos, efigies, personajes,
máscaras, formas de actuación, etc. "El
carnaval es el depósito donde van a parar las formas
que habían dejado de tener existencia propia".
Cada época histórica, por otra parte, asigna
al carnaval la función específica que corresponde
a su tiempo. La idea del carnaval ya se había manifestado
en las saturnales romanas, donde se vivía como un retorno
al país de la edad de oro, pero sin dudas es durante
la Edad Media donde comienza a adoptar en forma plena su particularidad
más sobresaliente. Nos referimos a la tradición
del carnaval medieval europeo, como fiesta pagana durante
la cual las clases dominantes se permitían satirizar
las autoridades religiosas y se cuestionaba la jerarquía
social existente. Aunque sólo duraba unos pocos días,
este hecho nos permite afirmar que la crítica político-social
se encuentra en la base de la cultura carnavalizada, como
expresión d e las clases dominadas por excelencia.
Este tipo de manifestación popular consistente en expresiones
de carácter artístico ritual, o verbal, adquirió
considerable importancia en oposición al tono serio
y solemne de la cultura religiosa feudal: en el carnaval se
acumularon como en ninguna otra parte, todas las expresiones
verbales prohibidas y eliminadas de la comunicación
oficial.
En la parodia medieval, el pueblo convertía en juegos
divertidos y burlones aquellos acontecimientos y ritos que
la clase dominante consideraba como más importantes,
incluidos todos los aspectos de la doctrina el culto oficial.
Varias de estas parodias se encuentran documentadas y se han
conservado hasta hoy: ninguna forma "institucional"
de dominación ideológica escapaba al tratamiento
irreverente de estas expresiones populares.
Existían parodias de himnos, letanías, y liturgias
(liturgia de los borrachos, del os jugadores, del dinero),
de los evangelios, de reglas monacales, leyes jurídicas,
decretos eclesiásticos y sermones religiosos. También
los testamentos conocieron su forma paródica, como
el "testamentos de un cerdo" y el "testamento
de un asno". El "speculum stultorum", por ejemplo,
relata la historia de un asno que va a Salerno a desembarazarse
de su cola, estudia teología y derecho en París,
se convierte en monje y funda una orden religiosa.
La jerarquía eclesiástica, sin embargo, permitía
estas manifestaciones populares acotadas temporalmente, e
incluso muchas veces las justificaba conscientemente, como
lo demuestra una circular de la facultad e Teología
de París del año 1444:
"Los festejos (carnavalescos) son necesarios para que
lo ridículo, que es nuestra segunda naturaleza, innata
en el hombre, pueda manifestarse libremente al menos una vez
al año... Los toneles de vino estallarían si
no se los destaparan otra vez en cuando, dejando entrar un
poco de aire... Por eso permitimos en ciertos días
las bufonerías (ridiculizaciones) para regresar luego
con duplicado celo al servicio del Señor..."
Posteriormente la cultura cómica popular fue tomando
otra dimensión al pasar de la Edad Media al Renacimiento.
Poco a poco se fue convirtiendo en la expresión de
la nueva conciencia histórica de su época, ya
que su posición opuesta a todo lo "oficial",
servía de apoyo a la nueva ideología del Renacimiento
en su lucha contra las formas imperantes. La nueva "cultura"
oficial comienza a absorber y a legitimar en parte aquellas
formas carnavalescas que poco a poco van impregnando la literatura
y otras formas en el proceso de institucionalización
cultural de la época, trasponiendo los estrechos límites
de las fiestas y penetrando en todos los círculos de
la vida ideológica del Renacimiento.
En nuestro país observamos un proceso similar a fines
del siglo XIX, coincidente con la urbanización creciente
de nuestra capital, momentos en que la cultura escrita termina
por imponerse a la tradición oral imperante hasta aquel
entonces.
Es
la máxima expresión de cultura popular, cuyo
cometido es rescatar nuestras tradiciones y promover el intercambio
festivo cultural de pueblos que comparten raíces comunes.
Los conjuntos de carnaval, son los embajadores de esta expresión,
y con su brillo y esplendor de teatro callejero, recorren
palmo a palmo la ciudad.
Los antecedentes del carnaval uruguayo hay que buscarlos en
Europa, donde en diferentes contextos, la celebración
de las cosechas o de una festividad religiosa, servia como
espacio para la reunión de los pueblos, que rompían
de esa manera con los marcos institucionales de la cotidianeidad,
creando un espacio de libertad individual y colectiva.
Concluimos diciendo que nuestro carnaval tiene un origen hispánico
que nos llega con la colonización, se enriquece con
el aporte de negros africanos, y luego se transforma en un
proceso de criollizacion que poco a poco va ganando una identidad
nacional.
A través de la cara pintada, el pueblo expresa lo que
quiere ser, pero también lo que es.
El carnaval es un espacio de libertad donde la imaginación
y la creación, dejan traducir su visión del
mundo, su nivel de conciencia y de alineación.
Por detrás del disfraz, la danza o la música,
tiene un contenido político y social que explica su
indeclinable arraigo popular.
FUENTE:
D.a.e.c.p.u. (directores asociados de espectáculos
carnavalescos y populares del Uruguay)
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